es constitucional, no confundas

Ilustración de alvaro portales

No me mates, Perú

"Sin desmoralización, no hay subordinación"

Publicado: 2016-07-20


El vínculo con mi país se construyó en un ambiente seguro y armonioso, por muchos años admiré a mi país como quien admira a un dios o a un equipo de fútbol: sin reclamos y con pasión irracional. Esto se debe principalmente a que crecí bailando folclore, me enamoré de mi país bailando marinera, rompiendo mis rodillas con un huaylarsh, y gozando con un festejo. Qué envidia siento de aquella niña que era incapaz de ver algo malo en su país, porque claro, ¿cómo podía verlo?, si me llevaban y me recogían de un colegio clasemediero, si tenía siempre más de lo que necesitaba, si no tenía que enfrentarme a ninguna incomodidad, a ningún problema.

Creo que tenía 12 años, era apenas una niña y me encontraba en un stand de un centro comercial. No recuerdo cuál ni recuerdo en qué contexto me encontraba ahí, solo puedo verme en un tumulto de gente tratando de alcanzar con mi mirada algo que estaban enseñando. Mis papás estaban cerca, vigilantes, atentos. Aún así, un hombre logró ponerse detrás mío, logró frotar su miembro contra mi cuerpo de niña, logró hacerlo quizá por un par de minutos, a costa de mi miedo, mi timidez y mi inocencia. Mi mamá percibió algo, y rápidamente me llamó, me preguntó si había sentido algo, si el hombre me había hecho algo. Le respondí que no, le respondí de forma negativa todas las veces que me lo preguntó. No pude hablar, a pesar de que tenía el respaldo de mi mamá, simplemente me nubló el terror.

Tenía 24 años y me dirigía a mi trabajo después de asistir a la universidad. Estaba esperando la luz roja para poder cruzar la avenida Javier Prado oeste, mientras escuchaba música por mis audífonos. De pronto, vi pasar a un hombre cerca de mí y recuerdo haberme reprendido a mí misma por pensar que tenía cara de violador de película de Hollywood (no hace mucho había visto Desde mi cielo, y este hombre me recordó al personaje de Stanley Tucci), “no seas prejuiciosa”, me dije para callar esa voz interna. El hombre volvió a pasar por mi costado, y al verme impávida a pesar de su esfuerzo por ser notado, se acercó a mí lo suficiente para poder oírlo a pesar de los audífonos, y me dijo “bonita”. Reaccioné rápido, me alejé de él con un impulso violento y le dije “dile eso a tu abuela”. El hombre perdió los papeles al escuchar mi respuesta, y con los ojos cargados de ira me comenzó a gritar “puta”. Yo entré en pánico, comencé a retroceder mirándolo con terror sin poder pronunciar palabra alguna. Él gritaba con odio, con odio hacia mí por haberle respondido, con odio hacia mi falta de sumisión. Me dijo tantas cosas hirientes que hoy, tres años después, mi cerebro ha logrado bloquear de mis recuerdos, solo perdura en mí la seguridad de que si ese día, los trabajadores de una lavandería cercana no se hubieran puesto entre mi victimario y yo, él hubiera logrado pegarme. Fue tan escandalosa su agresión, que los carros empezaron a disminuir la velocidad, algunos para poder ver lo que estaba pasando y otros, para dejarme cruzar a pesar que la luz seguía en verde. Así, con la ayuda de esos trabajadores y de algunos choferes que entendieron mi angustia, pude cruzar. Y apenas lo hice, me desmoroné.

No tengo dudas de que los agresores de ambos relatos, son personas peligrosas para la sociedad. A pesar de ello, en ninguno de los dos casos existió una demanda de por medio; pero si hubiera existido, ¿hubiera obtenido algo?

El vínculo con mi país, conforme fui siendo más consciente de lo que sucede a mi alrededor, comenzó a resquebrajarse por etapas. Si bien es cierto no me convertí en una renegada que tiene como lema de vida “esto solo pasa en el Perú”, pude integrarme a una oposición responsable de la violencia normalizada en nuestra sociedad, con el propósito de generar un cambio, con el propósito de no ser más víctima. En ese proceso de cambio -de ser una niña enamorada de su país, a una adulta crítica- he tenido que aprender a no odiarlo, y creo que hasta ahora, he podido conservar mis sentimientos positivos; lo que no he podido evitar, lamentablemente, es tenerle miedo.

Para poder sostener el patriarcado, es necesario una sociedad que dentro de su cultura incluya la subordinación. No te pegan sin que antes te hayan hecho sentir que te lo mereces, no te violan sin antes hacerte sentir que te lo buscaste. Este es un proceso en donde actuamos todos, desde padres, profesores, líderes de iglesias, hasta comunicadores y operadores de justicia. Todos formamos parte de esta violencia moral y sistemática hacia la mujer, ese tipo de violencia que es casi imperceptible, que encuentra justificación en las tradiciones religiosas y/o familiares. Sin este tipo de violencia moral, no se podría llegar a la violencia física, a la violencia evidente, a la violencia que deja cicatrices visibles. Nuestro sistema judicial, sin embargo, opera bajo parametros en donde solo parece importar la violencia que puede ser comprobado por un médico legista. Esta postura, a su vez, encubre otra premisa que me aterra: desconfía siempre de la declaración de la mujer.

Nos están matando, y nos preparan todos los días para aceptar nuestra muerte, para asumirla como un desenlace normal. Nos están matando y si logramos sobrevivir nos niegan acceso a la justicia, intentan contentarnos con sentencias que duelen tanto o más que la violencia de nuestro victimario. Nos están matando pero somos muchas para que puedan con todas. Que los jueces de mi país que liberan a los Ronny García y a los Adriano Pozo, asuman a todas las muertas que genera su decisión. No solo a las que puedan matar estos dos, comprobados agresores, sino a las que no se atreverán a denunciar mañana al ver tanta injusticia.


Escrito por

Suiry Sobrino Verástegui

Periodista especialista en género, tuitera y activista contra el acoso sexual. @suiGnris


Publicado en

Sui Géneris

Temas coyunturales abordados desde una perspectiva de género.